Los sucesos del pasado puente del 2 de mayo en el barrio de Malasaña no han pasado desapercibidos para casi nadie en la ciudad, y han generado opiniones contrarias según se valore la actitud de los jóvenes o la de la policía. De hecho, este encendido debate en versión “liberal” se ha plasmado fielmente en
el blog de Lady Godiva, donde tanto
Mary White como
Jorge Valín se han enzarzado en una interesante discusión sobre estos acontecimientos con toros bloggers/internautas. Como yo no me quiero quedar atrás, también voy a opinar sobre el tema (con esto del blog recién estrenado estoy como un niño con zapatos nuevos

).
Yo he hecho botellón, hago botellón y seguiré haciendo botellón mientras pueda. Soy un firme defensor del derecho a beber en la calle y la ley de Gallardón que lo impidió, junto con la imposición de la “ley seca a partir de las 10 de la noche” no me gustó nada (aunque acabaré votándole como solución menos mala). Antes hacía botellón en Ciudad Universitaria y después me pasé a Chueca, donde en la plaza que da nombre al barrio disfrutaba como un enano bebiendo “kalimotxo” o cerveza sentado en el suelo y yendo de círculo en círculo saludando a la gente. El botellón siempre me ha parecido un excelente acto social, donde puedes tomar unas copas al aire libre y hablar con gente, conocer otra gente, y si se da la situación, hasta ligar. Incluso la gente que no bebía alcohol, lo pasaba en grande, era barato y no era necesario “tajarse”.
Después del botellón, recogíamos toda la basura y la depositábamos en los contenedores o papeleras… si cabía, porque mucho se quejan los políticos de que el botellón crea suciedad, pero rara vez han puesto los medios para que los botelloneros podamos depositar los restos en un lugar adecuado.
Desde que se impuso la ley antibotellón, pues nos las hemos tenido que ingeniar, pero hemos podido seguir haciéndolo, aunque ahora ya se ha eliminado el “fenómeno social” de dicho acto, ya que lo hacíamos sólo el grupo de amigos, y en calles no principales y poco frecuentadas.
A mi juicio, la ley antibotellón tenía una trampa que a la larga iba a resultar contraproducente: dicha ley permitía celebrar el tan denostado botellón en los barrios donde se celebraran festejos populares. Bueno, no es que lo permitiera, más bien permitía beber en la calle, pero que para el caso era lo mismo.
Así pues, además del individual y solitario botellón de cada fin de semana en calles aledañas a Chueca, cuando eran las fiestas de algún barrio (San Isidro, el 2 de mayo, etc.) allá que íbamos a celebrar el botellón… con unos cuantos miles de jóvenes más. El hecho de que se hiciera vox populi que en esos barrios “era legal” hacer botellón hizo que esas zonas se masificaran de jóvenes bebiendo en la calle, y esta masificación hizo que poco a poco, las fiestas populares de los distintos barrios (las que sí era importante defender) quedaran deterioradas, hasta tal punto de desaparecer.
Antes, como podíamos beber en cualquier parte, pues aunque fueran las fiestas del 2 de mayo o San Isidro, el botellón lo hacíamos en el lugar de siempre, y los vecinos de los distintos barrios podían disfrutar de sus verbenas, sus casetas, sus bailteos, etc. Ahora, con la ley antibotellón amenazando, miles y miles de jóvenes se dedicaron a invadir estos barrios en fiestas, acabando con las celebraciones populares de los vecinos. ¿Quién no recuerda las casetas o los escenarios de las plazas del 2 de mayo o de las Vistillas que estos últimos años han desaparecido a causa de los botelloneros? Por lo tanto, a mi juicio, la ley antibotellón no ha conseguido acabar con un problema que sigue existiendo (se sigue haciendo botellón le guste o no al alcalde) y además se han cargado literalmente las celebraciones populares de los distintos barrios madrileños.
Pero es que tiene toda la lógica: si prohíbes un acto que realizan cada fin de semana miles de jóvenes en todas las ciudades de España sin dar alternativas, sólo vas a conseguir “desplazar” el problema. De hecho, ahora, en lugar de estar en tres o cuatro plazas concentrados, repartimos la “mierda” por toda la ciudad. Pero como los políticos no bajan nunca a la calle, pues así nos va: prohibimos beber, prohibimos fumar, prohibimos comer pescado crudo, prohibimos comer hamburguesas XXL, prohibir, prohibir, prohibir…
Si se habilitaran ligares explícitos para realizar este acto que de todos modos se realiza, en lugares de oficinas, o donde los edificios de alrededor son mayoritariamente edificios públicos, no se molestaría a nadie y los vecinos de los barrios populares podrían disfrutar de sus fiestas. Pero como lo fácil es prohibir, pues eso…
Hasta ahí mi opinión sobre el botellón. Ahora, sobre lo ocurrido este puente, pues ya no puedo posicionarme del lado de los “jóvenes”. Desde la imposición de la ley antibotellón el menda, cada puente de del 2 de mayo, iba con el resto de amigos a hacer botellón a la susodicha plaza o alrededores donde se supone que está permitido. Ni la policía ni nadie nos podía decir nada, y no nos decía nada.
Pero lo que yo vi en los últimos años en la plaza del 2 de mayo, explica lo ocurrido estos días: la mayor concentración de “elementos” antisistema que he visto en mi vida, elementos antisistema de los que ves por una calle y te cambias de acera (aunque sea a la de los heteros). Lo mismo destrozaban sin explicación alguna las atracciones del parque que arrojaban las botellas vacías al suelo para romperlas o dar a alguien y así tener excusa para montar gresca. Vamos, que en esa plaza se juntaba verdadera gentuza, sin ningún respeto ni por los que allí estábamos, ni por ellos mismos.
La gran mayoría eran fácilmente identificables: o portaban el palestino al cuello, o llevaban cadenas saliendo de un pantalón vaquero ¿negro? tan ajustado que ni les llegaba al culo, o llevaban camisetas de rayas a lo pescatero con pantalones de gasa anchos. Buscaban gresca, y la excusa perfecta para ello era la presencia de policía: “Mucha policía, poca diversión” se podía escuchar. Nosotros, si estábamos en el suelo bebiendo en un barrio donde por las circunstancias era legal beber, y pasaba la policía por nuestro lado, ni nos inmutábamos, pero otros lo necesitaban y usaban como excusa para montarla.
Así que el lunes por la noche la cosa empezó porque esta gentuza no dejó pasar a una ambulancia del SAMUR a socorrer a un herido en una de las reyertas que ya se habían producido, y el martes porque los “valientes” se dedicaron a patear a una chica policía nacional en el suelo. El problema de este puente no ha sido del botellón. Esto es lo que la prensa ha querido plasmar para atacar tan (en mi opinión) saludable afición. El problema han sido los cuatro idiotas de siempre que la montan haya o no botellón, porque son antisistemas de boquilla (que viven de papá y todavía no se tienen que pagar esas bebidas) y les va lo de enfrentarse a los “maderos” emulando a sus admirados batasunos (es lo que tiene la izquierda, es igual en cualquier rincón de España o del Mundo). Eso es lo que ha ocurrido y no otra cosa, no nos confundamos.
Por lo tanto aquí entran en juego dos factores: la práctica del botellón, de la que soy un gran defensor, y la actitud de cierta gentuza antisistema, de la que veo bien merecidos los palos que se llevaron (y pocos fueron). Ya me diréis que se merecían los coches de los vecinos, o los contenedores.
Yo este fin de semana, si la lluvia lo permite, haré botellón, aunque igual no está el horno para muchos bollos y nos vamos al Nike a por unos minis…